La aceitunera y de Jaén.

Gloriae con los seres humanos de por vida.

Gloriae en su lucha y su búsqueda por la calidad de su aceite, reivindica el alumbramiento y la luz que han aportado a esta marca antes de existir, tantos y tantos seres humanos que jamás vieron reconocida su ardua tarea y su hacer permanente en las labores y tareas del campo. Empezando por la madre, iremos desgranando hoja a hoja cuantos seres humanos podamos visibilizar y reconocer con nuestra marca. Es por eso que nos caracterizamos por:

“El respeto a los seres humanos y la madre tierra”.

 

La aceitunera y de Jaén.

 

Aun no había amanecido, no se habían arrancado las primeras luces del alba. Cuando Carmela, en su cama calentita, con aquellas mantas que había que poner de 3 a 4 para calentarse en aquel cortijo de invierno. Aún saboreando el calor de la cama en un invierno de aceituna del heladero enero, esa mañana pensó hacer migas y por la noche, antes de acostarse, dejó el pan desmigado y un poco remojado con agua, como lo llamaba ella “espurrear el pan” y lo tapaba con un paño limpio la noche entera dentro de un barreñillo.

 

Esa mañana migas como tantas mañanas de aceituna desde que era pequeña y hacia la tarea con su madre Antonia. Una vez encendida la lumbre, colocaba las estréveres sobre la leña prendida y chispeante con aquella sartén negra y tiznada del trasiego de guisoteo en la lumbre, aquella sartén que por dentro parecía de plata vieja de tan limpia y por fuera carbón puro de tanto quemarse.

El repiqueteo de la sartén, ese paleteo sobre el pan, ese sonido metálico e impactante en el crujir de la leña, un restregar la sartén en las estréveres como si todo estuviera en su sitio tan temprano. La puerta entre abierta entrando un cañón de frío…” nene….cierra esa puerta” gritó a su marido, que con su atención plena puesta en un cigarro veía amanecer en la puerta del cortijo. Sus hijos, aun dormidos, aun regalándoles unos minutos más en la cama, oían el repiqueteo de la paleta en la sartén y sin querer saberlo ya, tenían el cuerpo hecho para levantarse, para un día mas de aceituna en aquel enero helado.

Esa generosidad de la madre aceitunera, esa cocina temprana, solo con la sartén y la paleta que hacían de los amaneceres un canturreo entre el olor a ajos y pan caliente. Ese saber aprovechar las cosas de la tierra y lo cotidiano que hacían de las madres del campo, un despertar entre los hielos de enero, esos olores de las casas al amanecer y los niños endurando los últimos minutos del sueño…” Nenes que ya están las migas” y, como por arte de magia y sin discusión ni dudas el día, estaban allí, sin remilgos ni quejas , no había relojes que cantaran los horas, la hora de levantarse para comenzar el día había llegado, la madre aceitunera había regalado la primera hora del día a su familia.

El día estaba colgando.